Por allí nada ha cambiado: seguimos paseando de la mano, te lamo por las noches las heridas. No suelen escucharse nuestros nombres y mucho menos se te notan las prisas ni las ansias de perdices.
Siempre es verano y en todas las tardes de playa sueña la misma canción. Huele a algas, en la piel se nos ha secado la sal y en los ojos se grabaron esos días.
Esta monotonía, tentadora de por vida, me aburrió dos segundos después de pensarla. Como siempre previsora, gateé bajo la cama buscando el agujero negro que me había reservado como salida de emergencia.
En este espacio exterior sin atmósfera ni gravedad me agobio menos y se respira mejor.

(Foto: www.magnumphotos.com)
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