Se me vino a la memoria tratando de recordar como olía. Siempre casi igual, pero tan distinto.
Y se dejaba manejar por mis estados; me relajaba y luego jugaba conmigo a lo que quisiera. Me acunó alguno de los días más invernales y bailó bien cerca aquella primavera. A veces, a compota de manzana con canela. Humeante. Otras a coco tostado; como a pan frito con miel y café con leche... O a un té verde algo especiado...
Cuando debía de oler siempre a mi boca y mi garganta.
Allí te dejaba todas las ofrendas. Hacia allí trepaba un par de veces al día enganchada a las notas de cabeza y a las de fondo...
Pernoctar en ese sitio. Tengo antojo.

(Foto: www.magnumphotos.com)


