Queriendo interpretar cada una de las canciones dejé que los temblores del linóleo condujesen mi savia alrededor de tus orejas y por encima de tu pecho.
Transformada, la savia en oraciones, me dejé engañar por el chino de enfrente. Volví cantando letanías, con medio escapulario y un rosario que olía y prometía estar bendito.
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